Soy cositera

baulLa mamá de Juan solía decir que hay gente cositera. Ella hablaba de aquellos que se definen por lo que tienen, pero fundamentalmente refiriéndose a cosas de valor.

Yo soy una cositera, pero de otra especie, de la variedad cositera juntapuchis melancoliquis , que es aquella que tiende a acumular objetos testimoniales de las experiencias más variadas, calculo que como forma de intentar asir esos momentos, de evitar que la vida los conduzca por las ignominiosas sendas del olvido. No me gusta archivar los recuerdos en una caja para abrir cada tanto (ojo, de esas también tengo) sino que necesito que las cosas anden en la vuelta (caos asegurado).

Cuando mi amiga se fue a vivir al exterior y vació su alacena me dio sus yuyos y semillas: yo las tuve a la vista, sin usarlas, todos los años que estuvo fuera porque eran una forma de pensar en ella cada vez que me hacía un tecito.

Como todas las ramas vienen siempre de algún tronco, me puse a  revisar un poco de donde viene el cositerismo que me adorna.

Mi mamá (pobre mi vieja, ella sostiene que ya no me quedan culpas que adjudicarle) es una de ley: el living de su casa es un museo, con cosas que tienen entre 100 y 120 años. Ojo que no hablo de adornos de plata o muñecas de porcelana antigua, sino de recortes de diario, cartas, pedazos de prendas, juguetes de madera hechos a mano, huesos de gliptodonte que conviven con el fósil de la primera galleta mordida por mi hija en una hermosa vitrina que me conmueve de mirarla.

Encontrada aquí la primera patita del gen (con perdón de los que saben), seguimos para el otro lado, mi padre. Tentada estaba de decirte que el no era cositero,  porque es verdad que no guardaba cosas. Cuando murió me fui a su casa, allá en el norte argentino y quise traer algo que le perteneciera para que me rodeara. Me traje una camisa y la tierra en los zapatos con los que pisé su tumba porque salvo sus lentes y su computadora,  tenía muy pocas  cosas. Yo si guardo  y tengo en mi alacena la lata de caballa que compró la última vez que estuvo en mi casa, que a estas alturas más que un recuerdo es un experimento armamentístico, porque no quieras saber el relajo que va a meter cuando explote.

Que no guardaba cosas, te dije, pero me equivoco: mi viejo guardaba, en el frondoso mundo de su memoria, tantos recuerdos, historias, nombres, tantas vidas e imágenes como nadie que yo conozca.

No me ofrezcan canje por horas de terapia que ya me vengo dando cuenta  de que, así como en mi cuerpo no cabe toda la comida que quisiera comer, no hay casa posible para todas las cosas que quisiera guardar. Puesta en la disyuntiva de si alquilar un depósito o un nuevo hogar para mis memorias  o empezar a tirar, elegí el camino convencional, porque como dice Brassens, a la gente le sienta mal que haya un camino personal.

Pensando en el futuro les cuento que quiso el destino que me fuera a casar con un cositero  de la variedad juntapuchis paralgovaservirens, que son aquellos que no guardan por necesidades afectivas sino prácticas. Gente que se cree habilidosa, variantes criollas de Mc Gyver que supone que el con el pendorcho que sobró de la instalación de la antena podrá fabricar la junta que va en el coso del bidet. Utópicos de la más alta alcurnia.

Tenemos en común mi marido y yo alguna memoria ancestral de la escasez, así que no solo guardamos para recordar o porque para algo va a servir sino para tener. Estamos en proceso de entender que con ese fin mejor guardar lingotes de oro y no los tarros de los helados, pero bueno, todo proceso tiene su comienzo.

Con este panorama podrán imaginarse ustedes el hermoso jardín que tenemos.

Hagamos un rápido inventario:

Mis cuadernos de la escuela (ni hablar que también los de mis hijos). Al principio los guardaba porque podrían servirle a ellos (demencial), luego para mostrarles cómo era yo a su edad (ni que les importara).

Mi túnica de sexto año escolar firmada por todos mis compañeros.

Los tickets de las entradas y programas del teatro, conciertos, museos visitados entre los 14 y los  21 años.

Las tarjetas de navidad y cumpleaños recibidas.

Algunos boletos de ómnibus.

Un cuaderno de filosofía a través del cual mi amiga Silvia y yo “hablábamos” en los camarines de La Máscara.

Un papel plateado de cigarrillo donde me declararon amor.

Una escuadra de madera que usé de 1º a 4º, con las firmas de mis amigos.

Las anotaciones de canasta, carioca y generala de varios partidos en las que se demuestra que juego por pura diversión porque soy de madera.

Dibujitos de mis hermanos, sobrinos e hijos.

Papeles de regalo de todas las cosechas.

Latitas de galletas y bombones, que tienen la maravillosa potencialidad de servir para guardar “cositas”.

Aquellos tarritos en los que venían los rollos, que son útiles para guardar tornillos (sobre todo los que se nos salen tan seguido).

Jarras de vidrio de cafeteras que no funcionan y cafeteras que funcionan pero a las que se les rompió la jarra, obviamente  con incompatibilidad de caracteres.

Licuadoras sin vaso y vasos sin licuadoras.

Antenas parabólicas de todos los tamaños.

Masajeadores de  mano, de pie, de espalda, que vibran y dar calor.

Los tarros metálicos de NESCAU porque algún día vamos a hacer un robot (por dios!)

Restos de pintura de todos los colores y años, comenzando con los de las cuevas de Altamira.

Los corchos de las botellas de vino consumidas, porque son un lindo adorno y las botellas, porque vamos a hacer una barra con los restos de nuestras tenidas.

Los recibos de pago de consumos y  tarjetas de crédito desde 1992, porque mirá que estos son unos bichos (la tipa no conoce la prescripción).

Las colillas de agua viejas. Hubo que sacarlas y reemplazarlas por otras, pero de todas formas, quien te dice que algún día haya que ponerle los brazos al robot  ese que vamos a hacer con las latas de Nescau y nos sirvan para los deditos.

Las lámparas bajo consumo desculadas: No tengo conocimiento.

Un floppy disk de 5 ¼

Paro acá y arranco para el garaje. Me convencieron. Hoy hago un destrozo.

Publicado en http://blogs.elpais.com.uy/blogencia/2011/04/09/soy-cositera/

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Uruguaya, 42 años. Llegada a Weston en julio de 2013.

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