Una reflexión de Navidad

Hoy, una noticia me dio mucha tristeza. No hay muertos, ni heridos aparentes: la noticia es que hay  padres frustrados porque el “Hatchimal” por el que corrieron de tienda en tienda y pagaron seguramente más de lo que vale, no colmó las expectativas de sus hijos. La queja es que el huevo demora en abrirse o que una vez que lo hace, nada es  tan maravilloso como se esperaba. La nota habla de niños “devastados” por esta situación, cuenta las horas que algunos padres pasaron a la intemperie, bajo el frío del invierno, haciendo cola frente a la puerta de un Walmart para obtener el deseado regalo. Algunos, llegando a pagar $750 por el huevito, 10 veces más que el precio de venta usual (no hablemos ya, de su valor real).

Por supuesto que cada uno tiene derecho a gastar su dinero y angustia en lo que mejor le parezca pero toda excusa es buena para la reflexión y, en un mundo donde millones de personas están a la intemperie o a merced de la guerra, que esto sea noticia me resulta descorazonador.  Seguramente no hay UN sentido para la celebración de la Navidad y para cada uno puede representar cosas diferentes, en función de nuestras creencias, nuestra historia familiar y nuestra realidad.  Mucho se habla también de lo duros que pueden ser estos días para muchas personas, que se encuentran atravesando momentos difíciles o, como en el caso de muchos de  nosotros, lejos de nuestros seres más queridos.

Sin embargo, más allá de las creencias, siempre está en nosotros el darle contenido a cada cosa que vivimos y elegir dónde ponemos el límite a las tendencias, al consumo, a la influencia que la publicidad tiene sobre nosotros y cómo trasladar a nuestros hijos los mensajes que les permitan disfrutar de las cosas a las que tienen la oportunidad de acceder, sin perder la capacidad de ponderar su valor.

Parece una noticia muy triste que  un niño que tiene una casa que lo cobija, que vive en un lugar donde está a salvo, que está sano, tiene comida suficiente, una familia que se preocupa por satisfacer sus deseos, pueda estar “devastado” en la mañana de Navidad porque su “Hatchimal” no salió del huevo. Hay algo que, como padres, nos estamos perdiendo en la formación de nuestros hijos en la medida en que nosotros mismos no somos capaces de darle a las cosas el lugar que les corresponde y negarles, definitivamente, el poder de hacernos infelices.

En estas fechas, podemos elegir perdernos en las tiendas y los regalos,podemos agotar nuestras piernas y nuestros bolsillos, podemos llenarnos de bolsas, moños y paquetes para llegar luego a otra demoledora noticia en la prensa de hoy:  54% de los norteamericanos está infeliz con los regalos que recibe. Según CNBC esto implicaría  que $9.5 billones son gastados en esta época del año en cosas que nadie quiere o necesita. Teniendo la cifra por buena, si la comparamos con la economía de algunos países, el número da escalofríos.

En nuestra casa, este año, fuimos afortunados para tener regalos en el árbol y seres queridos en la mesa. Faltaban muchos de los afectos pero tuvimos la suerte de compartir con otros amigos de Weston, que como nosotros, celebraban con el corazón dividido por la distancia. Tuvimos la oportunidad de construir nuestra noche alrededor de ese sentimiento de comunión y  el momento más lindo de nuestra Navidad fue cuando nos juntamos frente a un fogón y cada uno leyó un deseo que había escrito. Mientras mirábamos los papeles arder, y el fuego nos iluminaba, recibimos el mejor regalo Navidad, un momento de emociones profundas que nos llenó de energía. No venía en caja ni se compraba en Walmart. Lo hicimos nosotros mismos!

 

 

 

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